
Ayer a mediodía recibí un mensaje por WhatsApp de una vecina, diciendo que había hecho un pedido a domicilio y que había puesto como forma de pago dinero en efectivo, pero que luego se había dado cuenta de que no tenía suficiente. Me pedía (con mucha pena) que si podía prestarle y que de inmediato me transferiría el monto a mi cuenta.
Afortunadamente, horas antes yo había ido al cajero y podía ayudarla. Ella bajó a mi depa y le pasé un billete. Acabamos teniendo una breve conversación en la que no recuerdo exactamente por qué, terminamos hablando de cómo postergamos.
Las dos confesamos entre risas nerviosas que a veces dejamos “montoncitos” de cosas en algún rincón, y que cada vez que pasábamos por ese lugar, nos decíamos a nosotras mismas: “Ay, tengo que arreglar eso” (quien sabe cuándo)
Desde hace mucho, pienso que nuestro espacio físico es un reflejo de nuestra psique. Y definitívamente en la mía como en la de muchas personas, hay “montoncitos” que nos gritan: “volteame a ver, arréglame”. La cosa es que poner orden en un rinconcito de la casa definitivamente es mucho más fácil y rápido que echarse un clavado a los asuntos inconclusos internos que traemos desde el año de la pera 1.
Alrededor de los 45 años, muchos de esos problemas no resueltos, comienzan a saltar con más fuerza en busca de atención y además con una sensación de urgencia al darnos cuenta del inevitable paso del tiempo. En la mayoría de los casos (y a cualquier edad), tenemos dos reacciones naturales que vienen «junto con pegado» : el miedo (me resisto) y la evasión (me relajo).
Casi pareciera que el adentrarnos a reconocer y poner orden en esos “montoncitos” que llevamos dentro, pusiera en peligro nuestra existencia. Nuestra huída se muestra de diferentes formas:
- Enojarnos si el tema sale a flote.
- Esforzarnos de todas las maneras posibles por negarlo o aparentar que no está.
- Aislarnos.
- Tener adicciones.
- Procrastinar.
- Incluso deprimirnos.
Desafortunadamente, ninguna de estas opciones resuelve el asunto. De hecho, lo acaba agrandando. Muchas veces, sólo cuando experimentamos una crisis profunda juntamos el valor para voltear a mirar a “eso” y buscar ayuda. También hay quienes eligen nunca hacerlo, independientemente de las consecuencias. Siempre habrá alguien o algo a quien echarle la culpa en vez de responsabilizarse y hacer algo al respecto.
Cuando cambiamos la dirección de la linterna hacia nosotros mismos, incomoda y duele, pero es un momento que vale la pena atravesar para superar el obstáculo y hacerte dueño del aprendizaje que esconde.
Es prácticamente imposible estar totalmente consciente el 100% del tiempo. Más difícil aún es resolver todo de un plumazo. La clave para avanzar está en la disposición y la actitud abierta a conocernos, aceptarnos y sobre todo amarnos en todo lo que Somos, más allá de que sea agradable o desagradable. Se da un paso a la vez, recordando que la Valentía es un músculo que se desarrolla ejercitándolo. Y recuerda, ir a terapia no es cosa de locos, sino de humanos que quieren ser mejores.
Obsérvate con curiosidad y apertura, el miedo suele ser más grande en la fantasía que en la acción. En ese inmenso mar que Eres, comienza por meter un piecito, luego otro, y llegará un momento en el que atravesar esas pequeñas corrientes frías será una decisión consciente para crecer y evolucionar.
Ahora te preguntarás: “¿Todo esto por un mensaje de WhatsApp de tu Vecina?” Sí, ¡Qué intensa! 😂
- Frase popular que quiere decir: desde hace muchísimo tiempo. ↩︎